jueves, 31 de enero de 2013

BAJO EL VOLCÁN


Malcom Lowry pasó por Cuernavaca.
Estuvo un par de veces.
 
La primera en el Hotel Casino de la Selva, que tenía manantiales, jardines y murales. Hoy es un espantoso hipermercado.
 
La segunda estuvo en una casa.
 
 
Hoy es un Hotel: «Bajo el volcán», como su libro.
 
 
 
 
No tiene murales, pero está junto al río, que encajonado en el barranco, sigue cantado y deslizándose entre matas de helechos,
lianas y árboles gigantes.


 

Yo dormí al son de ese arrullo.
 
 
Él pasó por La estrella para saciar su alma de alcohólico empedernido, cuando aún el cartel de la entrada se respetaba a rajatabla.
 
 
 
Yo me tomé un tequila.
Sentada en un taburete junto al mostrador, frente al dueño, que repartía sus orejas entre la telenovela y nuestros comentarios,
lamenté que no tuviera mezcal.
 
La Estrella es paredes con moho, fotos de chica desnuda y de marcas de cerveza, un puñado de botellas medio llenas y un improvisado alambre sostenedor de vasos.
 
 Migue brindando conmigo
 
Al fondo, sobre esa pared desconchada y albiceleste,
la mirada de Malcom te da la bienvenida.
 
foto bajada de internet
 

martes, 29 de enero de 2013

jueves, 24 de enero de 2013

De OVNIs y FANTASMAS


Estaba tan centrada en sacarle fotos al Popo que no lo vi.
 
 
¿Qué mira?
 
 
¿Tal vez ese espectro azul que no percibí?
 
 

lunes, 21 de enero de 2013

CUMPLEAÑOS EN HACIENDA VISTA HERMOSA


Esta Hacienda la fundó Hernán Cortés en 1529.
 
 
Dicen que allí fue donde más tiempo vivió.
 
 
Ahora es hotel
 
 
 
 
 
 
 
y restaurante.
Allí me festejaron el cumpleaños,
 
                      café de olla
                            
entre jardines con lago y palmeras altísimas, pavos reales y casonas de piedra con mazmorra y túneles.

 
 
Desayunamos, almorzamos, y si hubiéramos llevado el pijama,
allí habríamos amanecido.
 
 
 
 

jueves, 17 de enero de 2013

VOLVER DE CACAXTLA

 
Dejarnos convencer por un taxista. Cambiar Atlixco por Cacaxtla, sin saber dónde está ni cómo llegar, sin saber lo que es. Llegar a la estación de Puebla y comprobar que los autobuses no salen de allí. Cruzar las calles y tomar un Flecha Azul desvencijado y hacerle prometer al chófer que nos avisaría. Viajar a los saltos y con frenazos cada doscientos metros por las lomas de burro, como hora y media, sacudidos como en una coctelera. Cambiar de estado: de Puebla a Tlaxcala. Ver que pasamos de largo la salida a Cacaxtla. Comprobar que el chófer te ignora. Confiar sin saber en qué o en quién. Ver otra salida: Xochitécatl. Cien metros después escuchar el chófer que dice, mirándonos a través del espejo: Ustedes van a las pirámides ¿no?, ya pasamos la salida. Caminar hasta el cruce. Comprar agua y galletitas en un almacén, entre paisanos y borrachos, antes de comenzar la subida. Aguantar el calor y el sol, paso tras paso, todo hacia arriba. Descansar bajo un árbol sentada en el bordillo. Ver aproximarse a un Atos rojo que viene subiendo y escuchar a tu marido que te dice: ¡Ni se te ocurra! Ponerte de pie de un salto porque “al que se le ocurrió” fue al del Atos rojo. Dejar que te suban a la cima. Dar las gracias y comenzar la visita. Caminar entre pirámides un 24 de diciembre, casi sin turistas.
 
 
Xochitécatl
 
Bajar de Xochitécatl campo traviesa.
Desembocar entre los yuyales en el cementerio.
 
 
 
Llegar otra vez hasta la carretera. Tomar un autobús hasta el cruce de Cacaxtla y esperar allí una combi que te suba hasta la entrada. Pasear por las ruinas pintadas y techadas.
 
Cacaxtla
 
 
Comerse unos chilaquiles en el restaurante de las ruinas. Esperar la combi que te bajará. Mientras, darle todas tus galletitas a un perro callejero. Ver las señas del chófer de la combi que sube y tomarla a su regreso y dejar que te lleve, sin saber hasta dónde. Llegar a la plaza de Nativitas que habías visto en el viaje de ida. Esperar, sin tener la certeza de poder volver a Puebla.
 
Nativitas
 
Cambiar el Flecha Azul, que según dicen ya no pasa, por otra combi que te dejará en Zacatelco. Viajar en asientos enfrentados al son de la cumbia. Ver subir a una pareja, emperifollados. Él con su mejor camisa, su pelo engominado y atado con una larga trenza, y recordar que faltan pocas horas para la fiesta. Bajarte de la combi, por intuición, en una calle atestada de gente. Correr entre las multitudes de Zacatelco y treparte al primer bus que tenga el cartel de Puebla. Dejarte llevar mientras cae la noche y el Popo se asoma entre los edificios.
 
Popocatepetl
 
Comprobar que un semáforo cambia cuatro veces y el autobus no se mueve y el chófer no se inmuta. Andar kilómetros y ver que un taxi se mete en el camino e, inevitablemente, lo arrollará el bus en el que viajas. Gritar ¡Ay, ay, ay! sin tener conciencia, desde tu primera fila, frente a la indiferencia del resto del pasaje. Esperar a que el chófer mire los bollos y las ralladuras y encare, indiferente, al dueño del taxi. Llegar frente a Capu, la estación de Puebla y hacer la cola, larga, larguísima, para tomar el taxi y volver al hotel. Ducharte, cambiar las zapatillas por zapatos y rezar para que haya algún restaurante abierto. Cenar tacos en Nochebuena y regalarle unas monedas a un Papá Noel mal vestido. Recorrer otra vez el zócalo y sus luces.
 
 
 
Zócalo de Puebla
 
No esperar a las doce para dar tu regalo.
Dormirte, plácidamente, tras un largo día.  
 
 

domingo, 6 de enero de 2013

REYES


Aquí el correo es tan poco fiable
 
que los mexicanos mandan las cartas en globo.
 
 
Así viajaron mis deseos.
 
Miguel, Erika y Amaral me ayudaron a enviar la mía.
 
 
 

viernes, 4 de enero de 2013